Esa sensación de bienestar, de amor hacia uno mismo, la ausencia de una crítica humillante, la capacidad de poner límites sin culpa, de entender que equivocarse no es una prueba de que no eres suficiente. Escuchar tus necesidades, parar de comparartey seguir estando a tu lado,incluso cuando las cosas no salen bien, son algunas de las señales de una sana autoestima.
Aunque muchas personas llegan a terapia por conflictos con otros, en el fondo tienen una gran necesidad de mejorar su relación con ellos mismos. Y, a veces, cuando empezamos a mirar su historia y su infancia con más profundidad, se empieza a entender que no tenían la oportunidad de construir esa buena relación.
A menudo hablamos de la autoestima como si fuera una cualidad que algunas personas tienen y otras no. Como si hubiera personas seguras de sí mismas por naturaleza y otras condenadas a sentirse insuficientes.
Desde pequeños aprendemos quiénes somos, también a través de cómo nos miran y cómo nos tratan. Aprendemos si lo que sentimos tiene espacio, si nuestras necesidades importan, si podemos equivocarnos, si podemos decir que no, si somos aceptados incluso cuando no cumplimos las expectativas de los demás, o si, para sentirnos queridos y seguros, tenemos que adaptarnos constantemente.
Cuando aprendiste a adaptarte antes que a escucharte
Muchos de nosotros,, cuando éramos niños, aprendimos muy pronto a observar lo que necesitaban los demás: a no dar problemas, a ser buenos, a no molestar, a no enfadarse demasiado, a no pedir… En esencia, a adaptarse al entorno. Era una forma muy eficaz de sobrevivir emocionalmente.
Pero también tiene un precio.
Cuando durante muchos años has aprendido a mirar hacia fuera para saber cómo tienes que ser, puede resultar muy difícil desarrollar una relación profunda contigo mismo. Puedes convertirte en un adulto responsable, competente y capaz y, aun así, no saber muy bien qué necesitas. Puedes conseguir muchas cosas y seguir sintiendo que nunca eres suficiente. Puedes recibir cariño y, aun así, dudar de si realmente mereces ser querido. Puedes ser muy bueno cuidando a los demás y sentirte perdido cuando necesitas cuidarte a ti.
Eso no significa que haya algo defectuoso en ti. Simplemente significa que aprendiste a sobrevivir adaptándote.
Y adaptarse no es lo mismo que construir autoestima.
La autoestima no consiste en pensar que eres maravilloso. A veces confundimos la autoestima con sentirse seguro todo el tiempo, con gustarte siempre, con pensar que eres bueno en todo.
Tener una autoestima sana no significa no dudar nunca de ti. Tampoco significa estar siempre contento con quién eres.
Una autoestima más sólida tiene más que ver con la relación que mantienes contigo mismo: con tu capacidad de escucharte, de tomar en serio lo que sientes, de reconocer tus necesidades y de permitirte poner límites.
Tener una autoestima sana es poder equivocarte sin convertir un error en una prueba de que no vales, y ser capaz de tratarte con cierta comprensión cuando estás pasando por un mal momento.
La autoestima no se construye únicamente diciéndote frases positivas delante del espejo. Se construye, poco a poco, a través de la experiencia y convirtiéndote en tu mejor aliado.
A veces creemos que tenemos autoestima porque funcionamos bien.
Una persona puede parecer muy segura desde fuera, tener éxito profesional, ser independiente, tener una vida social activa, tomar decisiones, incluso transmitir confianza y, sin embargo, por dentro puede depender enormemente de la aprobación de los demás.
Puede sentirse bien consigo misma cuando recibe reconocimiento y venirse abajo cuando alguien la crítica, puede esforzarse constantemente por demostrar su valor, puede no permitirse fallar, y esto no siempre se ve desde fuera.
Porque ser competente no es necesariamente lo mismo que sentirse valioso, a veces hemos aprendido a construir nuestra identidad alrededor de lo que hacemos, de lo que conseguimos, de lo que damos, de lo útiles que somos.
Pero ¿qué ocurre cuando no puedes hacer tanto? ¿Y cuando alguien no está contento contigo? ¿Qué ocurre cuando fallas? ¿O cuando necesitas ayuda? Ahí es donde, en ocasiones, aparece una relación con nosotros mismos mucho más frágil de lo que parecía.
Construir autoestima en la edad adulta
La buena noticia es que nuestra relación con nosotros mismos puede cambiar. Y aunque no hayas tenido las condiciones necesarias para desarrollar una autoestima sólida durante tu infancia, eso no significa que sea demasiado tarde. Construir autoestima en la edad adulta no consiste en convertirte en otra persona. Muchas veces consiste en empezar a hacer algo que quizá nunca aprendiste: prestarte atención, escuchar lo que sientes, preguntarte qué necesitas, reconocer cuándo algo no te hace bien, aprender a poner límites, darte permiso para no gustarle a todo el mundo, y empezar a diferenciar entre cometer un error y ser un fracaso.
Son cambios pequeños, pero profundos.
Porque cada vez que atiendes a una necesidad en lugar de ignorarla, estás construyendo una relación diferente contigo, cada vez que pones un límite, incluso aunque te resulte difícil, estás enviándote un mensaje: Lo que necesito también importa. Cada vez que cometes un error y eliges aprender en lugar de castigarte, estás fortaleciendo esa relación.
La autoestima tiene mucho que ver con cómo te acompañas cuando las cosas van mal.
Es fácil sentirse bien con uno mismo cuando todo funciona, cuando recibimos reconocimiento, cuando conseguimos nuestros objetivos, cuando los demás están contentos con nosotros. Pero una de las preguntas más importantes podría ser: ¿Qué ocurre contigo cuando las cosas no salen bien? ¿Cómo te hablas? ¿Te castigas? ¿Te comparas? ¿Te dices cosas que jamás le dirías a otra persona? ¿Sientes que tienes que demostrar tu valor constantemente?
La salud de la autoestima se muestra especialmente en esos momentos.
No porque tengamos que sentirnos seguros todo el tiempo, sino porque podemos aprender a no abandonarnos precisamente cuando más necesitamos nuestro propio apoyo.
Construir autoestima es aprender a estar de tu lado.
No porque seas perfecto, sino porque lo mereces.